Hace muchos años, en un pequeño reino llamado Gran Ilusión, vivía una princesa llamada Azul. Todos en el reino pensaban que era la niña más hermosa de todas. Sus rizos tenían un reflejo rojizo. Sus enormes ojos destellaban tanto que parecían dos estrellas. Con sus grandes y ruborosas mejillas hacía que sus padres, los reyes, quisieran abrazarla todo el tiempo.
Llegó el día de su cumpleaños. Por fin la pequeña Azul cumpliría cinco años y, para festejar, los reyes hicieron un gran banquete e invitaron a todo Gran Ilusión. Como era costumbre, cada invitado llevó un tulipán mágico. Al anochecer, todos salieron a la pradera e hicieron un círculo con las flores. Después, el rey encendió, una fogata y era así cómo iniciaba un nuevo año para la cumpleañera.
Todos aplaudían y gritaban de felicidad, pero de pronto una fuerte ráfaga de viento invadió la pradera y de repente el fuego de la fogata se apagó. Todos quedaron asustados, nadie decía una sola palabra. El rey volteó a ver a la reina, que tenía en sus brazos a la princesa.. Los reyes sabían que lo que acababa de pasar no era un buen presagio. A pesar del mal momento, la fiesta continuó y todos siguieron celebrando. Azul tuvo el mejor cumpleaños, acompañada de sus padres y todas las personas que la querían. Sin embargo, los reyes seguían preocupados.
El día siguiente todo estuvo tranquilo, ninguna ráfaga de viento apareció y los padres de Azul se sintieron más tranquilos. Sólo había sido viento… Sólo eso.
Pasaron meses… Algo estaba mal. Todos se daban cuenta de que algo estaba pasando con Azul. El árbol que la reina plantó el día que nació la princesa crecía cada vez más, pero… Azul no. Desde el día que cumplió cinco años, la pequeña no había crecido ni un solo milímetro. Aquella ráfaga de viento le había robado el don de crecer. Los reyes se sentían devastados.
El tiempo pasó. La pequeña princesa tenía ya diez años. Azul ya no era la misma de antes, seguía siendo hermosa pero, al darse cuenta de la gran preocupación de sus padres, la nostalgia la fue invadiendo. Una tarde soleada, la tierna Azul paseaba por la pradera. De repente, se dio cuenta de que había una solución para su problema. En el gigantesco árbol que había plantado su madre, había crecido en la rama más alta un tulipán mágico.
Azul comenzó a escalar el árbol. Era tan pequeña y frágil que cualquier tropiezo la haría caer. De pronto… Empezó a escuchar un silbido. A lo lejos vio un remolino. ¡La ráfaga de viento había regresado! La pequeña se apresuró a subir. ¡El torbellino estaba cada vez más cerca! El tulipán estaba ya a unos centímetros de su mano. Azul dio un paso más para alcanzarlo, pero antes de poder tocar la flor, la princesa se resbaló y empezó a caer. La ráfaga estaba a punto de envolverla cuando, de repente, se convirtió en una nube. Azul sintió cómo caía lentamente en ella. La nube la dejó tiernamente en el pasto y una voz dijo: “Princesita, hoy que has aprendido que el crecer no significa ser más alta, sino ser sabia, valiente y audaz, te devuelvo lo que hace cinco años me llevé: tu altura”.
Fue así cómo la princesita Azul volvió a ser la de antes. No sólo recuperó su altura, sino que volvió a ella la alegría y la ternura por la que todos la querían. Azul aprendió a ser valiente y así, llegó a ser la reina del pequeño Gran Ilusión.
FIN
¡Hola Cristi!
ResponderEliminarPara mi comentario me pondré en el lugar del personaje principal de tu cuento: La princesa Azul.
1)Si yo fuera la princesa Azul, yo no me hubiera asustado por la ráfaga de viento, pues para mí, no hubiera representado un mal presagio.
2)Como Azul, yo no me sentiría triste por no crecer, pero reconozco que al ver a mis padres (los reyes) preocupados, sí me dejaría influenciar por su actitud y sí comenzaría a sentir lo mismo que todos los demás.
3)Me parece que yo no me hubiera subido al árbol para conseguir el tulipán, confieso que yo no me hubiera atrevido a arriesgar mi integridad; en lugar de hacerlo yo, le hubiera pedido a uno de mis tantos ayudantes (dado que yo era princesa), que me hiciera el favor de bajarlo por mí.
4)Cuando la nube me devolvió mi altura, yo le hubiera cuestionado e incluso reclamado el por qué se llevó mi don de crecer. Sí, aprendí la lección, pero cinco años eran mucho tiempo.
Una vez aprendida la lección, me sentí sumamente feliz y dichosa por haberme convertido en la reina de Gran Ilusión. Después de todo, los cinco años de lección valieron la pena.
Comentario:
Primeramente tu cuento me pareció muy adecuado para niños, y también me gustó el hecho de que tuviera un mensaje positivo: la apariencia física de las personas no es relevante, es algo que es muy importante fomentar desde la infancia, y me parece una fantástica idea hacerlo por medio de un cuento.
Reconozco que me identifiqué con el cuento, porque mi estatura no es prominente. Y coincido completamente con el bello y valioso mensaje (que por medio de la nube se cita en tu cuento): “Princesita, hoy que has aprendido que el crecer no significa ser más alta, sino ser sabia, valiente y audaz, te devuelvo lo que hace cinco años me llevé: tu altura”.
Definitivamente, un cuento que le leeré a mis futuros hijos. :)
Hola Jimena
ResponderEliminarLa verdad es que estoy de acuerdo contigo. Yo también me sentiría triste y avergonzada por mi corta estatura. Como puedes ver, puse un poco de mi en el personaje. Fue por eso que quise poner como enseñanza que no importa la altura, sino la sabiduría. Como me decían de pequeña, la inteligencia se mide de la cabeza para arriba.